Ella despertó perezosa
como aquel amanecer de mayo, donde el sol asomaba unos rayos vagamente entre
las nubes. Estaba bonita, risueña, juguetona, pero sobretodo picara, muy
picara. En ese momento sonó una dulce melodía que siguió, parecía venir de algún
de aquella enorme casa. Tapada con una sábana blanca, que dejaba ver dibujados
aquellos finos pliegues de su piel, bajo corriendo las escaleras, y le beso. Un
beso intenso, largo, dulce, con amor, un beso que se convertiría en algo más
que eso. La sabana cayó al suelo y aquella figura tan fina y delicada se veía a
contraluz como una sombra e instantes más tarde estaban los dos bajo la luz de
la mañana enredados en el suelo, allí sin más surgió la pasión, el fuego, esa
llama que prendía con solo mirarse. Empezaron por los besos, siguieron por las caricias,
las manos lentamente iban bajando por aquellos senos firmes, por aquel vientre
plano, por su clítoris, jugando los dos primero él, luego ella, con esas manos
de muñeca, esos labios carnosos, esa lengua viperina que jugaba con su polla,
esos ojos que mientras se la besaba le miraban llenos de placer, con ganas de
más, tantas ganas que él la cogió por la cadera le dio la vuelta y empezó a comérselo
pero no pudo resistir más y se la metió, entro lentamente, era pequeño,
apretado, tanto que en menos de 5 minutos los gemidos llenaban cada rincón de
la casa haciendo temblar las paredes, que en esos momentos parecían tener oídos.
Y así era, día tras día, noche tras noche, donde surgiera. Días más tranquilos
donde dominaba el amor, días más salvajes, en los que ella era la sumisa, atada
a la cama, deseosa de más, aquella zorra que solo le pedía uno, otro y otro
más, aquel animal sediento de placer; días fogosos donde la llama se encendía y
permanecía así más de 48h, días íntimos donde jugar es lo más importante…

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